Llegó la intimación del cementerio, como si la mismísima Parca golpeara a la puerta de la casa. Jóvenes y amistosos abogados nos advirtieron que en los próximos días, Asunción Martínez, nacida en el Algarve portugués en 1894, Juan Luis Cabaleiro Alfaya, nacido en Tuy, un hermoso pueblo de Pontevedra, en Galicia, en 1926, y Leonor Rosa, nacida en Banfield, provincia de Buenos Aires, en 1928, serían removidos del profundo aposento vertical que comparten en una parcela del pedemonte tucumano para ir a parar a la zona de deshechos, a la nada, a una segunda y definitiva muerte que no atendería a sentimentalismos ni símbolos, ni a las promesas de permanecer juntos para siempre que entre los tres se habían cruzado de diferentes maneras y sentidos en el pasado, cuando eran madre e hija y una pareja de recién casados, una familia comprometida y formal de otros tiempos. La deuda acumulada era bastante cuantiosa, y claramente justificaba la medida.

Siguieron horas de desconcierto que desperdicié ahondando en el significado que tienen los enterramientos en algunas culturas, pero sobre todo los imperdonables desenterramientos. Y a hurgar en los arcones de la familia, donde todavía se conservan cartas bellamente manuscritas, delicados carnés de asociaciones y clubes diversos, documentos varios, libretas escolares impecables y fotografías un tanto rígidas y mortuorias que cuentan la historia familiar. Pero basta retroceder un poco en el tiempo para encontrarse perdido en la oscuridad, porque la memoria abarca unas pocas generaciones apenas, como la conciencia y la culpa. ¿Dónde estarán los remotos antepasados de estos familiares que ahora aguardan una decisión quizá irreparable de nosotros, sus descendientes? ¿A quién le importa, en definitiva, cuál fue su destino y su morada final? Me preguntaba, a manera de justificación, poetizando una sensación incómoda y creciente de deshonor y traición.

Porque esta segunda e inesperada muerte de los antepasados, la pérdida física de sus restos, reaviva una nostalgia que creíamos enterrada o imposible, o al menos superada, y ante la que nos considerábamos inmunes. Y ahora, en medio del complicado trajín de la vida, surge esto que se ha convertido de repente en un dilema metafísico más que en un escollo económico. O así me lo tomé yo mientras releía la clásica escena shakespeariana, el monólogo de Hamlet ante el sepulturero, en busca de una justificación o un consuelo. Pero sobre todo recordé aquellos versos sentidos y desesperados de Miguel Hernández a su amigo Ramón Sijé:

Quiero escarbar la tierra con los dientes,

quiero apartar la tierra parte a parte

a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte.

Y quise interpretar que desenterrar a los afectos es una manera de liberarlos y regresarlos… Entonces pensé, como una fugaz y diabólica alternativa, que lo mejor sería desentenderme por completo del asunto, dejar que las cosas corrieran su suerte… que aquellos restos fueran desenterrados, revueltos y arrojados a una fosa común, que se parecerá en mucho a un vaciadero, y que se conviertan de una vez en desaparecidos sin tumba, sin un orden y un lugar concreto en la tierra, como manda la literatura en algunos pasajes notables. Pero nada de eso ocurrió.

Caros a nuestros sentimientos, los huesos de nuestros muertos son un compromiso ineludible hasta para el más bellaco de los seres, y al final, para todo lo importante, si hay empeño, hay una salida. Removiendo cielo y tierra conseguimos solucionarlo y quedamos momentáneamente en paz, algo más tranquilas nuestras pesadas conciencias y a salvo de imprevisibles represalias de ultratumba. Pero ahora que solo quedamos dos hermanos mayores en la familia y un solo lugar en el terrenito, es imposible no recelar el uno del otro, del destino que le espera a cada cual. Mirarnos de reojo y pensar a quién le tocará la mala fortuna, el dramático llamado de los dioses o del destino a costear los gastos del otro, de la onerosa calavera del otro en el futuro.

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Juan Ángel Cabaleiro – Escritor.